Ecos de Frustración: veinte monotipos sobre lo que nadie te cuenta de ser padre
Mayo de 2024. Son las once de la noche y el taller huele a tinta. Los niños están dormidos — o eso espero. Ha sido uno de esos días.
No uno de esos días en que pasa algo grave. Sino uno de esos días en que no pasa nada grave y aun así llegas al final agotado, con la sensación de haber fallado en algo que no sabrías explicar exactamente, con ganas de estar solo aunque también con ganas de que alguien te diga que lo estás haciendo bien.
Eso es la paternidad. Y eso es lo que me llevó al tórculo.
Por qué el monotipo y no otra cosa
Podría haber pintado. Podría haber cogido el óleo o el acrílico y haberme puesto a trabajar una tela. Pero esa noche no quería nada que se pudiera corregir.
El monotipo no perdona. Preparas la plancha, depositas la tinta, colocas el papel, pasas el rodillo — y lo que sale es lo que hay. No puedes volver atrás, no puedes añadir ni quitar, no puedes decidir a posteriori que aquella mancha quedaba mejor un poco más a la izquierda. Lo que el tórculo imprime en el papel es la memoria exacta de ese instante, y el instante ya no existe.
Esa irreversibilidad me pareció la técnica más honesta para hablar de la paternidad. Porque ser padre también es así: dices algo, y queda dicho. Reaccionas de una manera, y esa reacción ya forma parte de la historia de tu hijo. No hay borrador.

Veinte noches, veinte monotipos
No las hice todas seguidas. Las fui haciendo a lo largo de varias semanas de ese mes de mayo, siempre de noche, siempre después de que los niños se durmieran. Ese rato entre que ellos cierran los ojos y yo debería irme a la cama también — ese rato que uno roba al sueño y que es el único momento del día en que el silencio es real.
Cada monotipo nació de un estado concreto. El agotamiento acumulado de las primeras piezas. La culpa que aparece cuando te das cuenta de que estás repitiendo exactamente lo que juraste que no repetirías. El momento en que un hijo hace algo que te deja sin palabras de otra manera — no de frustración sino de asombro — y uno recuerda por qué vale la pena todo lo demás.
La paleta fue siempre la misma: blancos, azules, negros. No fue una decisión estética premeditada. Fue lo que había esa noche en el taller, y me quedé con ello porque me parecía honesto. El blanco es la esperanza o el papel en blanco o los dos. El azul es esa tristeza que no es exactamente tristeza — más bien peso, densidad, algo que se lleva encima. El negro es lo que manda cuando uno no puede más.

Lo que nadie te cuenta
Hay libros sobre paternidad. Muchos. La mayoría hablan de técnicas, de etapas de desarrollo, de cómo gestionar rabietas o cómo establecer límites. Están bien.
Pero ninguno te habla de eso que sientes a las once de la noche en el taller cuando el día ha terminado y haces balance. Esa mezcla de amor incondicional y agotamiento real. La conciencia de que lo estás haciendo lo mejor que puedes y al mismo tiempo la certeza de que lo mejor que puedes no siempre es suficiente. El deseo de que pase el tiempo para que las cosas sean más fáciles, y la culpa de querer que pase el tiempo porque el tiempo que pasa es tiempo que no vuelve.
Eso no cabe en un libro de crianza. Pero cabe en veinte monotipos de 29,7×42 centímetros.
La serie completa
Son veinte piezas. Diecinueve disponibles y una vendida — la XIV, que salió antes que las demás porque a alguien le llegó de una manera especial y no pudo dejarla ir.
Cada una es diferente aunque compartan paleta, técnica y formato. El monotipo lo garantiza: la plancha no se puede imprimir dos veces exactamente igual. Lo que distingue a la primera de la última no es solo el orden — es el estado de ánimo de quien estaba detrás del tórculo, y ese estado fue cambiando a lo largo de las semanas.
Las primeras piezas tienen la energía de la descarga. Las del centro, la densidad de quien ha llegado a algún tipo de tregua. Las últimas, algo que no es paz exactamente — más bien la aceptación de que esto no se resuelve, que la paternidad no termina nunca y que quizá eso es lo bueno.
Si eres padre o madre y reconoces algo de todo esto, estas obras son para ti. No como decoración — aunque quedan bien en cualquier pared. Sino como compañía. Como prueba de que alguien más estuvo en ese mismo sitio a las once de la noche y lo convirtió en algo.
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